“Es completamente natural, así que es seguro”. “Los medicamentos son químicos artificiales; yo prefiero remedios naturales”. “Así es como los humanos vivían originalmente, por algo sería”. Frases como estas son tan populares que casi suenan como sentido común. Pero esconden una de las falacias más prevalentes en el mundo de la salud, la alimentación y el bienestar: el argumento de apelación a la naturaleza.
¿Qué es el argumento de apelación a la naturaleza?
El argumento de apelación a la naturaleza es una falacia que asume que algo es bueno, seguro o correcto simplemente porque es “natural”, y que algo es malo, peligroso o incorrecto simplemente porque es “artificial” o “sintético.” La naturalidad se convierte en sinónimo de calidad o bondad sin ninguna justificación lógica adicional.
El problema central es que “natural” y “artificial” no son categorías morales ni indicadores confiables de seguridad o eficacia. Son descripciones del origen de algo. Y la naturaleza, como cualquier observación rápida puede confirmar, está llena de cosas mortales.
Muy relacionado a esto, está el concepto de lo “orgánico”, ¿algo es automáticamente mejor sólo por ser orgánico? ¿Y qué significa que algo sea orgánico después de todo? Averígüalo en este artículo.
Lo que la naturaleza sí produce
El arsénico es natural. El mercurio es natural. El veneno de la serpiente de cascabel es completamente natural. El botulismo, causado por una bacteria natural, es una de las toxinas más letales conocidas. La belladona, planta natural usada durante siglos, puede matar. El tabaco es una planta natural.
Por otro lado, muchos de los avances que han extendido y mejorado la calidad de vida humana son “artificiales”: vacunas, antibióticos, insulina sintética, cirugías, quimioterapia. La quimioterapia es tóxica y agresiva —muy poco “natural”— y ha salvado millones de vidas.
La naturalidad de algo no dice absolutamente nada sobre su seguridad o su utilidad. Lo que importa es la evidencia sobre sus efectos específicos en dosis específicas.
Por qué la falacia es tan poderosa
Vivimos en una época de desconfianza hacia la industria farmacéutica y, para ser justos, la realidad es que esa desconfianza en demasiados casos es muy justificada. No obstante, esa desconfianza (que debería estar dirigida hacia el sistema y hacia las personas que miran la salud únicamente como un negocio de lujo) se ha generalizado hacia todo lo que venga de un laboratorio. Por el otro lado, lo “natural” se idealiza de forma acrítica.
La publicidad alimenta esto constantemente. Productos “sin químicos” (aquí va un amable recordatorio de que todo es química, incluyendo el agua), “100% naturales”, “como lo hacían nuestros abuelos”, “sin ingredientes artificiales”: estas etiquetas apelan a la falacia apelación a la naturaleza para generar confianza sin ninguna obligación de demostrar eficacia o seguridad superiores. Por supuesto, la falacia de apelación a la naturaleza también está íntimamente relacionada con la falacia de apelación a la antigüedad o a la tradición.
Apelación a la naturaleza en salud y redes sociales
En el contexto de salud, esta falacia puede ser peligrosa. Hay personas que retrasan o rechazan tratamientos médicos convencionales a favor de alternativas “naturales” que no tienen evidencia de eficacia, y el resultado puede ser gravísimo en enfermedades donde el tiempo importa.
En redes sociales circulan constantemente posts sobre remedios naturales que “los médicos no quieren que sepas”, tés que “limpian el hígado” o suplementos de plantas que “curan” condiciones crónicas. El gancho es siempre la naturalidad. La evidencia clínica, cuando se busca, suele ser escasa o inexistente.
Cuidado también con el argumento favorito de quienes no entienden que todo es química: “tiene ingredientes que no se pueden pronunciar”. Amigx, tu habilidad para pronunciar palabras poco comunes no es evidencia de nada. Y ya que estamos hablando de química, que un producto “contenga químicos que se usan para hacer” otras cosas tóxicas, tampoco significa mucho. A un nivel molecular, y dado que tenemos un número limitado de ingredientes fundamentales en este universo que habitamos, las cosas se van a repetir.
La pregunta correcta
La pregunta nunca debería ser “¿es natural?” sino “¿tiene evidencia de que funciona y es seguro en las dosis recomendadas?”. Esas son preguntas que se responden con estudios, no con etiquetas.
Algunos remedios tradicionales y plantas medicinales sí tienen efectos comprobados. Cuando los tienen, la razón por la que funcionan no es que sean naturales sino que contienen compuestos activos que actúan sobre el cuerpo de maneras específicas y medibles. Es decir: la ciencia puede explicar por qué funcionan, y eso los valida, no su origen vegetal.
La próxima vez que veas la palabra “natural” usada como argumento de venta o de persuasión, recuerda: es una descripción de origen, no un certificado de calidad. La apelación a la naturaleza es un atajo que, en temas de salud especialmente, puede costarnos caro.